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Libertad de expresión, tienes un derecho, tienes una obligación

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Si preguntamos en las calles de nuestro país qué es la libertad de expresión, o cómo se interpreta, es muy probable que la respuesta común que recibamos sea, grosso modo, que es el derecho que tenemos a decir lo que nos parezca sobre cualquier cosa, en privado y en público, sin que nos pase nada. Pero para que yo pueda reivindicar ese derecho, estoy obligado a respetar el del prójimo. A él tampoco puede pasarle nada por decir lo que sea, por poco que me guste. Y no es cuestión baladí esta. Parece una perogrullada, pero que cada vez sea más frecuente la apelación a la libertad de expresión solo se explica porque hay reacciones de terceros que se desentienden de su obligación de respetar.

Libertad de expresión

Cierto es que esa definición inicial de lo que puede entenderse como libertad de expresión es una conceptualización gruesa, sin matices y sin aplicación de filtro alguno, que no deja de ser una convención vulgar y, posiblemente, hasta interesada, ya que incluso en un país como España, uno de los más avanzados del mundo en el reconocimiento de derechos de los individuos y de los colectivos, el fin de preservar el buen orden de la vida en comunidad exige, sí, la acotación, que es por lo que popularmente se suele advertir que “la libertad de cada uno termina donde empieza la de los demás”, una forma muy civilizada de decir que no hay libertad ilimitada.

Ocurre que el exceso de vehemencia y la violencia comunicacional se refugian en una legislación laxa hacia las faltas de quienes hacen un uso abusivo de la libertad de expresión. La Constitución es clara (artículo 20), pero la Ley es floja. Los límites se sobrepasan cada día en las redes sociales, con el agravante del anonimato, y cada vez más en los medios. Un peligro.

Para la buena salud de la comunidad hay que protegerla mejor, y a los individuos, del abuso de la libertad de expresión, y es aquí donde hay que poner todas las energías, en exigir esto al legislador. Enfadarse por lo que digan desconocidos, anónimos, inútiles comprobados, idiotas reconocidos o delincuentes contrastados, háganme caso, no sirve más que para crispar, crispar, crispar y volver a crispar.