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¿De qué nos quejamos?

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Hace unos días se hizo viral en internet y en las redes sociales un vídeo de poco más de tres minutos, colgado por OKDiario, en el que se ve cómo el embajador de Panamá en España, Milton C. Henríquez (@miltonhenriquez), toma la palabra en una tertulia de la que no conocemos razones para enumerar algunas de las más valiosas aportaciones históricas de España a la civilización universal, concluyendo su discurso preguntándose de qué se puede quejar una sociedad que acumula tantos méritos, pasados y presentes. Nótese que Henríquez, sin lugar a dudas un hombre bien preparado, pone de manifiesto la extrañeza del extranjero culto al escuchar a muchos nativos un sorprendente descontento más o menos extendido sobre la identidad española, zarandeada una y otra vez por quienes quisieran que la historia de este país fuera distinta, sobre todo en cuestiones políticas.

¿Hasta dónde afectan las creencias políticas a la hora de valorar a una sociedad? Muchos de aquellos hitos que cita en su alocución el embajador panameño, y tantos otros que podríamos añadir, son méritos que deberían mantenerse al margen de cualquier intento de politización. La grandeza de Velázquez, por poner un ejemplo, no tiene colores ni etiquetas, es simplemente universal porque su legado cultural es el que es, objetivamente, sin que para valorarlo deba considerarse si el sevillano pensaba de una forma o de otra, si era hombre o mujer, si tenía una apariencia agradable o repulsiva, si le gustaban los hombres o las mujeres y ni siquiera si era buena o mala persona. A nadie debería molestar que el inventor del helicóptero fuera español, o que en este país se produzcan vinos que riegan mesas en todo el mundo, que los italianos quieran comprar nuestro aceite de oliva o que Rafa Nadal sea un ejemplo para millones de deportistas de todo el globo. España no es un momento ni un ciclo histórico, no es un mal gobernante, no es ninguna de sus desgraciadas o críticas realidades parciales, ni un dictador, ni una canción, ni una estatua, ni los corruptos identificados, ni tampoco las miles de personas que han colaborado en cualquier negro episodio temporal, de los que por cierto encontramos por manojos en la historia de todos los países del mundo.

En relación a los demás

Por desgracia, decir que España es un gran país es simplemente una conceptualización que puede hacerse en relación con los demás, y es algo cierto, pero tiene hoy en día una connotación política de la que haríamos bien en librarnos cuanto antes, por el bien de todos. Debería poder decirse con naturalidad, desde cualquier perspectiva, sin que unos se sientan mejor que otros por ello, sin que nadie tenga que creerse más o menos, ganador o perdedor, y sin menoscabo de la autocrítica, por supuesto, que es completamente necesaria para seguir mejorando, para aspirar a cerrar las cuentas pendientes que existan, para solventar con solidaridad problemas territoriales o situaciones críticas, para progresar como sociedad avanzada en la que cada día se viva mejor y en igualdad real.

Milton C. Henríquez
El embajador de Panamá en España, Milton C. Henríquez, en un acto en la Cámara de Comercio de Sevilla. Foto: @miltonhenriquez.

A España le vendría muy bien emanciparse de tantos prejuicios enquistados, leyendas negras y urbanas, de tantos mitos construidos y permanentemente potenciados en esta época contemporánea con el aparente objetivo de avergonzarnos de cosas que en muchas ocasiones ni nos van ni nos vienen para que de esa forma determinados lobbies puedan actuar con más comodidad. No pueden incomodarnos ciertas acciones que emprendieron o determinadas decisiones que tomaron nuestros ascendientes en otros momentos de la historia y que en el contexto de hoy podrían resultarnos vergonzantes, y menos aún debería afectarnos esto y no aquellas otras empresas que otras personas, incluso las mismas, nos deberían parecer dignas, honrosas o admirables, porque es una “memoria selectiva” artificial, que no tiene sentido y que es, desde luego, interesada.

Milton C. Henríquez nos ha hecho un gran favor. Desde una posición no dudosa, desapasionada, nos ha recordado que no podemos ser prisioneros de esa amargura que por diferentes motivos algunos lleva años tratando de asentar sobre nuestra conciencia colectiva. Lo demás debemos hacerlo los integrantes de esta sociedad. Fuera vendas. Por la libertad, la igualdad, el bienestar y la solidaridad. Y este, insisto, no es un hueco discurso político nacionalista.