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Discernir y contrastar, el reto al que nos obligan las “fake news” (y sí, este es el concepto)

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Muchas veces he leído que el término “fake news”, popularizado en los últimos años por Donald Trump, primero en su carrera hacia la Casa Blanca y ya después como presidente de los Estados Unidos de América, no se corresponde con un concepto nuevo y que, por lo tanto, en español lo correcto es seguir hablando de noticias falsas en lugar de recurrir al extranjerismo de moda. Sin embargo, es posible que no sea realmente así, y que abogar por esta corrección lingüística suponga hacer un ejercicio de reduccionismo conceptual erróneo. Y explico por qué lo creo.

Estaremos todos de acuerdo en que las noticias falsas han existido siempre. Por error, por prisas, por conveniencia o interés, por sensacionalismo… Por múltiples razones. No ha habido época libre de esta perversión de la comunicación y coincidiremos, pues, en que la información sesgada, orientada o simplemente falsa, por desgracia, es un mal prácticamente fijo e inevitable en los flujos de las noticias desde el principio de los tiempos. La mentira, voluntaria o no, es tan vieja como el ser humano, con toda seguridad.

Fake News
Imagen: Gordon Johnson (Pixabay)

Sin embargo, me temo que el impacto de las “fake news” de hoy nada tiene que ver ni siquiera con el de las noticias falsas de los medios de comunicación de masas previos a la extraordinaria revolución tecnológica que estamos viviendo desde hace quince años, y que no sabemos si será finita o no. Por la velocidad de la propagación ni por el número de personas a las que pueden llegar. Sí, las “fake news” contemporáneas son en el fondo noticias falsas, pero es otro concepto, del mismo modo que el último modelo de vehículos sin conductor que la casa Tesla está probando no deja de ser en el fondo un coche, pero es otro concepto de coche.

Decía Mark Twain (1835-1910) que “una mentira puede viajar por medio mundo mientras la verdad se está calzando los zapatos”. Ha pasado más de un siglo del fallecimiento del escritor americano y esa misma mentira ya puede dar varias veces la vuelta al mundo, e incluso llegar a Marte, antes de que la verdad pueda calzarse los zapatos. Esta realidad es producto de la nueva tecnología y si hace setenta años la propaganda se utilizó como muy útil arma de guerra, realmente son inimaginables las consecuencias que ya mismo y en los próximos años puede tener el control y la manipulación de las crecientes redes sociales y el conjunto de los canales globales de comunicación.

La función social del Periodismo se ha ejercido con más o menos aciertos y no puede negarse que algo había de verdad en aquello de que “no hay que creerse todo lo que digan la radio, los periódicos o la tele”. Pero es que los medios ya son solamente una parte de todos los canales posibles para la circulación de la información y ahora sí que cobran importancia y se echan de menos todos los filtros de buena praxis periodística que durante tantos años han metido en el cajón o han condenado a la papelera miles de historias por no estar lo suficientemente trabajadas, contrastadas y verificadas, por no haber sido construidas con la diligencia debida, por no ser veraces, que ni siquiera significa verdaderas. La tecnología y el tsunami de información bruta, sin filtros, que ya nos desborda cada día, y que irá a más, nos están obligando a afinar hasta el extremo nuestra capacidad para discernir, y he aquí, se lo presento, uno de los mayores retos que vamos a tener por delante como personas y como profesionales a partir de ya. Más allá de los profesionales y expertos del Big Data, que todo el mundo vaya aprendiendo a filtrar, a contrastar y a ponderar. Más nos vale.