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El crecimiento de LaLiga no evita el sorpaso de la Premier League

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La relación de LaLiga con sus stakeholders es cada vez más compleja y propicia para las tensiones. No hace falta recordar la gran polémica que generó hace unos meses la idea de llevar un partido a los Estados Unidos, que no se da aún por muerta. Los puntos de fricción se multiplican a medida que la “patronal” del fútbol profesional va obligando a todos los actores de la competición a cumplir reglas de todo tipo para poder homogeneizar y estandarizar su producto con el fin último de hacerlo más fácilmente comercializable. Es decir, LaLiga tiene entre sus misiones internacionalizar su marca y conseguir que sus asociados amplíen sus mercados, lo cual implica asumir una serie de compromisos que generan incomodidades de todo tipo Así, tiene roces con la Real Federación Española de Fútbol a cuento de casi cualquier cosa, la última de ellas el modelo de competición de la Copa del Rey; con los futbolistas por las obligaciones que se imponen respecto a las comparecencias ante la prensa o incluso por los horarios de los partidos; con las aficiones, también con las aficiones, precisamente por esto último (poner un partido en lunes por la noche es un trastorno y colocarlo en Sevilla a las cuatro de la tarde en mayo es un castigo); con los propios clubes, incluso, por no cumplir con determinadas normas, algunas que se refieren más al público que a las propias entidades; con los periodistas, a los que se les pretende regular el ejercicio de su labor profesional hasta el extremo; con los operadores de televisión, etcétera.

Javier Tebas
El presidente de LaLiga, Javier Tebas, en un acto reciente. Foto: laliga.es

De todo cuanto cualquiera pueda quejarse se acusa directamente al presidente de LaLiga, Javier Tebas, un hombre que no esquiva las polémicas, que defiende sus decisiones y las de su organización con vehemencia y que, además, tiene un salario de los que quitan el hipo, ya que en 2018, después de recibir una oferta para irse a Italia para realizar el mismo trabajo en el Calcio, los clubes españoles de Primera y Segunda división decidieron, con pocos votos en contra, que Tebas pasara a ganar 1,2 millones de euros al año, multiplicando así por cuatro lo que cobraba cuando se incorporó al puesto, en 2013. Esto, ya se sabe, no se digiere bien por mucha gente en España, y desde luego que es palanca de demagogia fácil para quien no esté conforme con lo que haga el personaje. Sea como sea, Tebas es el malo de la película siempre, y parece que es un tipo oscuro, antipático y caprichoso que obliga más que gestiona.

No es precisamente Tebas un hombre políticamente correcto y es verdad que a veces dice cosas difíciles de encajar y que por el fondo o por la forma perjudican de forma notable a su imagen, pero no parece que eso le importe mucho. Lo cierto es que en los últimos años, el fútbol español es una industria en constante crecimiento económico y estructural, y este es su gran escudo.

Los números

En la temporada 2011-2012 los clubes del fútbol profesional español perdieron 216 millones de euros, y sin embargo en la 2017-2018 ganaron 189 (137 descontando las ganancias del Real Madrid y del Fútbol Club Barcelona). En seis años el cambio en los números ha sido sensacional. En esa última campaña cerrada, la 2017-2018, el negocio se incrementó en un 20,6 % respecto al ejercicio anterior, pasando de unos ingresos de 3.713 millones de euros a 4.479 millones, y la previsión es que en esta temporada que ahora termina se supere la barrera de los 4.500 millones. En esto ha influido mucho el crecimiento de las plusvalías por los traspasos, pero este apartado se hace fuerte y se sostiene, como lo ha hecho el de los ingresos por televisión, capítulo que el año pasado reportó más de 1.500 millones y que la temporada próxima dará nuevo salto importante gracias al nuevo acuerdo con Telefónica y Mediapro para retransmitir el fútbol durante tres años.

Por el contrario, los clubes profesionales gastaron el año pasado 4.289 millones de euros, que fue un 27 % más que el anterior y que supone una cifra igualmente creciente, ya que lo es el capítulo de nóminas al personal deportivo, que subió en la 2017-2018 nada menos que un 19 % respecto al año anterior, hasta colocarse en el 46 % de los gastos totales de los clubes. Esto significa que el año pasado las nóminas de los jugadores y los técnicos sumaron casi 1.995 millones de euros. ¿Y por qué este capítulo es creciente? Pues por la presión de la competencia: la Premier League. Explican los directivos de LaLiga que la competición inglesa está imponiendo una lucha feroz por el talento, de modo que a los clubes españoles les está resultando cada vez más caro retener a los buenos futbolistas o traerlos de fuera. Los ingleses pagan mucho y se han convertido en una competición muy atractiva en todos los sentidos, lo que finalmente se ha traducido este año en un dominio absoluto de las dos competiciones continentales de clubes, ya que los cuatro finalistas de la Champions League y de la Europa League militan en la Premier.

El sorpaso

En este momento es muy importante analizar las razones de ese sorpaso, si se permite el término, de la Premier sobre LaLiga, que tiene su peligro porque dejar de ser la mejor competición puede suponer a futuro una reducción de la cotización que a medio plazo significaría contar con menos ingresos al perder cuota de mercado o caché. Y es curioso que cuando LaLiga ha ido desviando el foco del público nacional –aunque la asistencia a los estadios este año ha crecido un cinco por ciento–, pensando que ya estaba del todo ganado, acumulando todos esos roces con sus stakeholders para “paquetizar” un producto que vender en el exterior (muy especialmente en los Estados Unidos, en Suramérica y en el mercado asiático) y a medida que se han multiplicado las normas internas que cumplir (horarios, funcionalidad, operaciones…), inicialmente se han mejorado notablemente las cifras de negocio y las cuentas de pérdidas y ganancias del fútbol español, todo lo cual se ha reflejado también en un cambio espectacular de las estructuras de LaLiga: crecimiento de su plantilla y de sus actividades, mejora de sus instalaciones (cambio de sede y oficinas), incremento salarial espectacular de su presidente, revolución del marketing, digitalización y explosión de las actividades de RSC, con dos variantes principales fabulosas, como son LaLiga Genuine (una obra necesaria y ejemplar de integración social de la Fundación de LaLiga) y LaLiga Sports (una fórmula estupenda por la que el fútbol profesional está ayudando de forma determinante desde hace poco al resto de deportes a través de las federaciones y de la distribución de la imagen). Pero al cabo de estos años de mejora a todos los niveles, de superación económica y de captación de mercados resulta que empieza a detectarse también una pérdida progresiva del poder de atracción de los mayores talentos y la hegemonía europea de nuestro fútbol se ha empezado a diluir, hasta este año en el que la Premier League ya no solamente es una competencia dura y real en la lucha por los mejores futbolistas y técnicos y por los más suculentos contratos de venta de la competición en terceros países, sino que deportivamente ha conseguido arrebatar a España el trono de las competiciones continentales.

Podría pensarse desde un punto de vista de management que lo que más nos interesa es satisfacer la demanda de mercados exteriores, a costa de seguir perdiendo autonomía y solera, porque gracias a ello nuestros clubes podrán vender más y obtener beneficios mayores con los cuales podrán tener mejores jugadores y técnicos e instalaciones más sofisticadas y eficientes, pero el precio empieza a ser incómodo y, además, la fórmula no se está revelando tan definitiva para consolidar el nivel y el dominio de nuestro fútbol sino al contrario. ¿Hay relación entre esa vocación por la internacionalización de LaLiga y su pérdida de poder deportivo o es casualidad? Hay que estudiarlo, que doctores tiene la Iglesia, pero es una realidad y coincide, en cualquier caso, con incomodidades que se hacen patentes, sobre todo para las hinchadas locales, que probablemente debieran ser en todo caso el tesoro mejor cuidado de esta macro organización para garantizar una sólida base de desarrollo a más largo plazo pero, sobre todo, para sostener la competitividad de nuestro fútbol. Si las aficiones sufren, la competición se resiente.